
Alberto Rojas, conocido como El Caballo, revolucionó el cine mexicano con su irreverente talento y su icónica presencia en las sexys comedias de los 70 y 80. Su legado, marcado por la valentía y la controversia, sigue vivo tras su muerte, evidenciando una historia compleja y apasionante que pocos conocen a fondo.
Desde sus humildes orígenes en Monterrey, en la colonia Industrias del Vidrio, Alberto Rojas mostró desde joven un fuego interior por las artes escénicas. A pesar de la incomprensión inicial, el apoyo incondicional de su abuela fue decisivo: “Si vas a ser barrendero, sé el mejor”, le dijo, empujándolo a perseguir la excelencia.
El mote “El Caballo” surgió entre sus amigos y se convirtió en su estandarte. No solo aceptó el apodo, sino que lo hizo inseparable de su identidad artística, cimentando una carrera que comenzó en la Ciudad de México, donde tuvo que remontar desde abajo y sin conexiones previas.
Su estreno en la pantalla grande fue discreto y humilde: ayuda en un pequeño papel en “Santo en el tesoro de Drácula” (1969). Poco a poco, sin grandes reflectores pero con un talento singular, conquistó roles en cintas que marcarían una era del cine popular y polémico en México.
Durante las décadas de los 70 y 80, El Caballo dominó la llamada “sexy comedia”, un género que detonaba pasiones y críticas por igual. Con su verbo afilado y carisma innato, conquistó a la audiencia, no por físico, sino por ingenio y presencia, compartiendo pantalla con estrellas como Sasha Montenegro y Maribel Guardia.
Su habilidad para el albur y la comedia burlona le valió el título no oficial de “rey de las sexy comedias”. Pero El Caballo no se conformó con actuar; a principios de los 80 dio un giro inspirador y se lanzó a la dirección con “Un macho y sus muchachas”, ampliando su control creativo.
En esta etapa, se destacó igualmente como productor y guionista, detrás de proyectos que multiplicaron su impacto en la industria. Sin embargo, con la caída del género en los años 90, su protagonismo en cine comenzó a declinar, enfrentando un cambio de época y público.
Lejos de refugiarse en los caminos tradicionales, El Caballo eligió el teatro, apostando por una modalidad más arriesgada y confrontativa: el cabaret político. Aquí encontró su voz más auténtica, una donde la sátira y la crítica social dejaron claro que no tenía miedo de incomodar.
Sus rutinas de cabaret denunciaban figuras públicas, situaciones políticas y sociales con un humor crudo, directo y sin censura. Este giro le valió tanto aplausos como enemistades poderosas, en especial con figuras como Elva Ester Gordillo, quien habría intentado silenciarlo tras sus críticas.
En el escenario de cabaret, Alberto Rojas explotó su talento multifacético: no solo actuaba, también dirigía y producía obras que desafiaban el statu quo. Obras como “Papito Querido” y “La Semecienta” son ejemplos de su compromiso con el humor con mensaje, sin miedo a la controversia.
Aunque el cine le otorgó fama, Rojas insistía en que su verdadero amor era el teatro, donde podía mantener un contacto directo e inmediato con el público, lejos de la censura y rigidez televisiva. Esa conexión lo revitalizó y consolidó en un ámbito más íntimo y auténtico.
A pesar de su apariencia desenfadada en pantalla, en privado era un hombre reservado, estricto y profesional. Su amor por la familia y los animales era profundo; llegó a tener hasta 18 perros y vivió un matrimonio estable de más de cuatro décadas con Lucero Reinoso, madre de sus tres hijos.
Su salud se deterioró en 2015 tras un diagnóstico de cáncer. Sin embargo, su compromiso con el público nunca flaqueó: siguió presentándose, resistiendo el dolor y desgaste como un auténtico guerrero del escenario que hasta sus últimos días cultivó respeto y admiración.
En una emotiva despedida despedida, más de 5,000 personas lo ovacionaron durante 5 minutos en una de sus últimas funciones, reconociendo su enorme aportación al arte. El 21 de febrero de 2016, Alberto Rojas falleció en paz, rodeado de sus seres queridos, dejando una huella imborrable.
Tras su muerte, la lucha de su familia por proteger su legado continúa: denuncian lucran con la venta ilegal de playeras con su imagen, un acto que no solo viola derechos, sino que mancilla la memoria de un ícono que nunca se entregó a la banalidad.
El Caballo no fue apenas un comediante de una época; fue una figura polifacética que supo transformar la palabra en poder, desafiando los límites del humor y la censura en México. Su historia, llena de risas y críticas, refleja la complejidad de un artista que les dio voz a quienes pocos escuchaban.
Hoy, su figura persiste como un símbolo del cine popular mexicano, una industria muchas veces despreciada pero fundamental para la cultura y el entretenimiento nacional. Alberto Rojas ofreció más que papel cómico: plantó una bandera de autenticidad, resistencia y pasión por su arte.
Esta profunda y a veces turbulenta vida profesional y personal de El Caballo invita a reconsiderar su verdadero lugar en la historia cultural del país. No solo fue el galán pícaro, sino un creador valiente que supo reinventarse y desafiar expectativas hasta el final.


